Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

lunes, 20 de noviembre de 2017

"Vértigo"

Antigua estación de León ya abandonada. Rosa Berros Canuria (2017)

Tengo una incómoda y enervante sensación de vértigo. Me despierto por la mañana y la angustia se me agarra al estómago y me lo estruja y retuerce de manera que solo respirando hondo consigo enderezarlo y llevarlo a su tamaño y aspecto habituales. Pero enseguida la ansiedad, con su zarpa golosa, lo estruja de nuevo en un juego obsesivo en el que se ha empeñado en vencerme sin piedad. Así es que no consigo retener nada en el estómago y vomito sin parar; nada cabe en el gurruño arrugado en que está convertido la mayor parte del tiempo.
Hace varios días que le he perdido la pista. Después de saber en todo momento en qué lugar se encontraba, es como si, de repente, se hubiera confundido con el entorno para desdibujarse hasta hacerse invisible; como si se hubiera hecho bruma en el aire que respiro; como si hubiera ardido en el mismo fuego que me consume desde hace varios días; como si se hubiera licuado en el fondo del lago a donde voy a nadar cada atardecer; a donde iba, más bien,  porque tengo miedo de que surja algún indicio, alguna pista y me encuentre en medio del agua, sin móvil, sin ordenador, sin ninguno de esos artilugios por los que hoy en día nos llegan las noticias, las deseadas y las no tanto.
No sé dónde se encuentra, por dónde se me ha extraviado, en qué recóndito e inaccesible lugar se halla escondida. Sólo sé que necesito encontrarla como sea, saber dónde se encuentra, lejos o cerca. Necesito dar tregua a esta zozobra, despertarme por la mañana y ser la persona alegre y despreocupada que solía, dejar de sentir que según abro los ojos, un minuto antes de que suene el despertador, me va a saltar encima el malestar incómodo de la ansiedad y la angustia.
Desde que nos enamoramos, hace ya... unos años, nunca dejé de saber donde estaba. En todo momento, tanto si se hallaba en casa como si estaba ausente, bastaba una llamada telefónica, un corto viaje en un tren de cercanías, una pequeña subida a su estudio en la buhardilla, para encontrarme con ella o con su voz alegre y un tanto burlona; para sumergirme en su abrazo cálido y posesivo.
Incluso cuando se fue, después de que la amenaza latente se hiciera realidad y el abandono se materializara, nunca he dejado de saber su paradero con certeza. Ya me he encargado yo de seguirle la pista, aunque para ello haya sido necesario ayudarme de toda clase de subterfugios.
Ahora, por primera vez, no tengo ni idea de donde puede estar. Me resulta insufrible esta sensación desconocida. Es como si hubiera perdido mi anclaje al mundo; el mundo es ella y yo mirándola, yo viéndola, yo controlando su posición en cada momento. Si no puedo ubicarla, me desprendo del mundo y vuelve el vértigo. 
Llevo tres días siguiendo indicios que se pierden en esta estación. Hasta aquí llegó con su presencia furtiva, pero si partió, no se sabe cuando ni hacia dónde.
Me siento atacado por una insoportable sensación de impotencia y un insufrible ataque de ansiedad.
Tengo que encontrarla, saber lo que hace, qué piensa y qué planea, dónde está y a dónde se dirige, qué sabe. Sólo de esa manera podré adelantarme a ella e impedir que me encuentre. Esta estación está demasiado cerca. Debo encontrarla.


viernes, 17 de noviembre de 2017

"Crematorio" Rafael Chirbes

"Crematorio" es quizás uno de los libros más difíciles de Rafael Chirbes. Todo él es un monólogo o una sucesión de monólogos de diferentes personajes, aunque no siempre los monólogos estén en primera persona. Algunos lo están en tercera, pero no dejan de ser palabras salidas de dentro del personaje en cuestión, de sus recuerdos y sentimientos, de lo que piensa o le ocupa.
Matías Bertomeu acaba de morir en el hospital de Misent. Su vida, empapada en alcohol y ahumada de tabaco, ha resultado demasiado corta para albergar tanto whisky y nicotina como ha trasegado, y a los sesenta y cinco años su hígado y sus pulmones se han negado a seguir sosteniéndolo y se han dejado vencer por las metástasis. Matías ha muerto de excesos y sus familiares, no todos, se disponen a velar su muerte en el tanatorio como velaron su agonía en el hospital. "Querían que Matías muriese en su casa, en su cama, era eso lo que él habría querido. Pero el médico rechazó de plano esa posibilidad. Hagan ustedes el favor de no añadirle más sufrimiento a este hombre, lo que me proponen es una crueldad que yo no puedo aprobar".
Mientras le acompañan, o mientras evitan acompañarle, según de quien se trate, toman por turno la palabra, o la toma el narrador por ellos, y recuerdan tiempos pasados. Recuerdos acerca de Matías, pero también de ellos mismos, de Misent, de un pasado reciente y tan rico en matices y peripecias como es el pasado más reciente.
En esta novela, la historia de España, que Chirbes nos está contando en sus libros, avanza hasta mediados de la década de 2000. No se puede ubicar el año concreto, o a mí se me ha escapado, pero un comentario referido a la muerte de Carmina Ordóñez ("A ellas, lo que de verdad les preocupa es si la Ordóñez dicen que murió de una pasada de coca"), ocurrida en 2004, nos sitúa la acción en ese año o poco después. Contemporánea, se puede decir, de la época (2007) en la que está escrita.
Faltan aún unos años para la crisis y España levita de autosatisfacción. La actividad inmobiliaria está en pleno apogeo y parece que la época de vacas gordas no va a terminar nunca. En Misent, en la costa mediterránea, las urbanizaciones de lujo florecen como los narcisos en primavera y Rubén Bertomeu, el hermano mayor de Matías es uno de los constructores que se han enriquecido con el desarrollo de la ciudad. 
No se llevaban bien los hermanos. Matías ha mantenido la posición revolucionaria, la inocencia de la juventud impostada a través de los años. Amante de la naturaleza y los paisajes salvajes, vivió sus últimos tiempos en la casa familiar de El Pinar dedicado a la agricultura. Estudioso de guerras y revoluciones, partidario de la lucha armada, ha muerto sin conocer ninguna guerra, pero manteniendo, al menos en apariencia, todas las ideas de justicia social de su pasado.
Rubén, por su parte, se ha deslizado a un lado y a otro de la linea que bordea la legalidad. Al igual que su hermano, en su juventud coqueteó con las ideas de izquierdas y con los ambientes intelectuales. Estudió arquitectura, tal vez para completar las tres patas del arte con sus amigos, pintor uno (Montoliu) y escritor otro (Federico Brouard) "Arquitectura, pintura y literatura unidas como un arma, una especie de catapulta con la que apedrear aquel Misent que no acababa de despegarse de la grisalla de la guerra. Romper la grisura"
Portada alemana de
"Crematorio"
Rubén estudió arquitectura, pero decidió que quería hacer casas, no sólo proyectarlas para que otros las hicieran, así que se hizo constructor y millonario. Algo que nunca le pudo perdonar Matías.
Tampoco se lo perdona su hija Silvia, tan idealista a los cuarenta como lo era a los veinte. Desde pequeña, su tío Matías le ha regalado los libros que ha leído, la ha llevado al cine y le ha aconsejado películas y lecturas; ella considera que él la ha hecho como es y ha tomado a su tío Matías como el referente y el guía que nunca ha sido su padre. Aunque este no está muy de acuerdo "Lo que yo le he dado —comer, beber, vestir, estudiar, viajar; si te he llevado por medio mundo, le decía yo— vale menos que unos cuantos libros, que unas cuantas películas. El alma humana es así de irracional". Pero no todo en Matías es oro en la mente de Silvia. En esta noche de velatorio, recuerda a su tío como el hombre que hablaba mucho y actuaba poco, que casi no había viajado y lo ignoraba casi todo de aquellos lugares de los que tanto hablaba y a los que solo conocía por el cine y la televisión. Matías: mucho ruido y pocas nueces. Y llora, "llora porque su tío es un hombre vulgar, al que ella le ha hablado con amor".
Y Collado, el antiguo lugarteniente de Rubén, el que se ocupaba de los trabajos sucios y quedó enganchado a la mala vida que subyace por debajo de los negocios de su jefe, esa mala vida en la que nunca ha caído Rubén. Y los políticos cómplices, interesados, corruptos con naturalidad, sin sensación de delito ni pecado, como si la actividad ilegal en cuestión (la que sea y hay muchas) fuera consustancial al cargo y solo fuera punible en caso de ser descubierta. Y la sombra de un antiguo picadero; unos caballos muertos, enterrados y ahora sacados a la luz que pueden terminar con todo un entramado, aunque puede que todo siga tan atado y bien atado y protegido desde el poder como siempre lo ha estado.
Y Mónica la mujer de Rubén, casi cuarenta años más joven; y Brouard que tras romper su amistad con el hermano mayor se quedó con la del pequeño y ahora llora su muerte que prevé como un anticipo de la propia y de lo que siente como propio fracaso.
Y el viejo Misent que se compara con el nuevo y la nostalgia lleva a ensalzar el viejo pueblo de pescadores, pero Rubén, representando lo nuevo desde su ancianidad, recuerda que no todo lo antiguo fue siempre mejor sino que "era, a su manera, bastante más terrible. [...] la crueldad con los más pobres, las hambres espantosas, la represión política, la suciedad, la imposibilidad de pensar nada sin sentirte vigilado, ¿no me has contado tú todas esas historias?, ¿no las has contado incluso en tus libros? Aquello aún fue peor. Ahora se machaca sobre todo el paisaje, entonces se machacaba la vida humana".
Rafael Chirbes
En esta novela, Chirbes habla de todo, todo lo pone en boca de personajes muy diferentes y, a través de su distinta forma de ver el mundo, nos va haciendo dudar de cada cosa. Y si pensamos en la necesidad de mantener el arte, los paisajes, el modo de vida, enseguida nos topamos con la duda porque Rubén es un analista implacable, pragmático, sin concesiones. Rubén se convierte para mí en el revulsivo de todo aquello que, en principio, nos parece indiscutible. La realidad pasa por su ojo, se somete al bisturí de su análisis y sale diseccionada y con todos sus detalles al descubierto: "Durante una obra, destruyen una villa romana, destruyen un hamán almohade, una muralla califal, [...] Como si el hamán o la muralla califal no hubieran destruido la muralla o el templo que los precedió. ¿Cuál es el estrato en el que reside la verdad?", pero ¿es certero este diagnóstico? ¿cuánto tiene de observación interesada, de cotejo autodisculpatorio, de sofisma engañoso? ¿alarde de cinismo o de clarividencia? Cada uno lo tendrá que decidir por sí mismo, tendrá que revisar sus opiniones acerca de casi todo: el amor, la muerte, el arte, la fidelidad, la prostitución, el olvido, la chabacanería, el pelotazo, la enfermedad, la derrota, la política,  la traición... De todo hablan los personajes de esta extensa e interesante, que no fácil novela. 
"Crematorio" obtuvo el premio de la Crítica en 2007. En 2011 se adaptaría a TV en una serie de ocho episodios interpretada, tan bien como él sabía hacerlo, por Pepe Sancho en el papel de Rubén Bertomeu y dirigida por José Sánchez-Cabezudo. La serie es magnífica. He vuelto a verla y lo sigo manteniendo, y más teniendo en cuenta la dificultad de llevar a la pantalla puras reflexiones y recuerdos, pero en un buen ejercicio de adaptación se ha sabido dotar de trama a los pensamientos. Se han cambiado cosas, desde luego (vuelvo a lo de siempre: mejor calidad que fidelidad), pero sin perder la esencia de la historia, y, a pesar o a causa de esos cambios, la serie está considerada una de las mejores series españolas de todos los tiempos. De ella dijo Chirbes, "la serie, sí, bueno, pues es otra cosa... Han cogido la novela y han hecho su lectura, esto... Es que Crematorio, la novela, huye de la trama, huye de lo policíaco, huye del misterio, se sostiene en el puro lenguaje, pretende ser una catarsis a partir del lenguaje, es decir que sería un ejercicio casi jesuítico, diríamos, loyolesco, de que el lector se enfrente a toda una serie de cosas que intuye que están dentro de él y no quiere ver. Y la serie, pues es otra cosa. La televisión necesita tensión e intriga, son lenguajes y cosas distintas". No llego a colegir de sus palabras si le gustó o no. 
Quiero terminar con Rubén Bertomeu llorando, apoyado en el volante de su coche mientras descansa a un lado de la autopista; mirando en su interior sesenta años atrás (Hier encore, javais vingt ans) y viendo lo poco, o lo mucho, que todo ha cambiado. "Allí dentro, bajo el envoltorio de la piel, entre la carcasa de los huesos, en los torrentes circulatorios y en las tuberías por las que las verduras y la carne se convierten en pastas, el paso del tiempo no ha cambiado nada, o lo ha cambiado todo sin cambiar nada, digamos que lo ha dejado todo intacto, pero frío, un caldo que se toma a deshora y que ha perdido sus cualidades, su gracia, todo igual, el mismo guiso, pero en ese estado pegajoso, correoso, que toman los productos cuando se consumen varias horas después de cocinados. A lo lejos, el mar, una lámina de metal hirviente".



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Otro premio en "Escribiendo que es gerundio"

Hace unos días publicaba aquí en el blog un relato con el que concursaba en la comunidad de G+ "Escribiendo que es gerundio".

Pues bien, hoy quiero compartir mi alegría con todos vosotros y comunicaros que "Cualquier noche es Nochebuena", el relato presentado, ha sido el ganador del II reto "Alrededor de un tema". El reto consistía en escribir un texto de no más de 600 palabras en el que, dada la época en la que estábamos, tenían que aparecer una araña, una calabaza y un muerto.



Esta vez el diseño del diploma ha sido obra de una de las administradoras de la comunidad, nuestra amiga Julia C. Cambil, con un poco, o un mucho tal vez, de ayuda casera por lo que me ha contado. Magnífico trabajo. Esa mezcla de naranja, negro y gris queda preciosa.

Aquí os dejo de nuevo el relato premiado por si os apetece leerlo o releerlo. Espero que os guste.

Cualquier noche es Nochebuena
El peso en su abdomen era insoportable, aquello estaba a punto de salir ya y tenía que encontrar un sitio resguardado y caliente donde depositarlo. El dolor y las contracciones pronto le agarrotarían las extremidades y dificultarían su movimiento.
Las ventanas iluminadas de aquella casa la llamaban como las farolas en verano a las polillas. Su distribución un tanto desigual en cada altura, recortándose sobre la fachada de un color brillante y anaranjado que se intuía aun en la débil luz del crepúsculo, le daba a todo el edificio un aire un tanto macabro, pero no podía resistir más.
Se fue acercando lentamente. No sabía quién podía esconderse tras aquellas oquedades irregulares por las que se escapaba una luz temblorosa, pero acogedora: una ventana alargada, en el bajo, cerca del suelo; otra más estrecha y alta, en el primer piso y dos ventanas cuadradas en el segundo.
Al llegar al pie del edificio, haciendo un último esfuerzo, se encaramó a la ventana más baja, casi a ras del suelo afortunadamente. Penetró en una especie de amplio salón en el que un fuego central iluminaba y calentaba el espacio que era tan apacible y placentero como le había parecido desde el principio. Se mantuvo quieta y en silencio. La casa parecía deshabitada, pero el fuego indicaba lo contrario. Nadie enciende un fuego reparador y luego abandona su comodidad. Y no obstante, ningún ruido, ninguna presencia, ninguna alarma que aconsejara la huida, aunque tampoco hubiera podido ir muy lejos. Ni pensar en volver a bajar de nuevo a la calle. Sus escasas y residuales fuerzas se habían agotado en el penoso acto de encaramarse a la ventana.
Cuando recuperó la confianza y se sintió segura, buscó un rincón alejado del fuego, pero confortable y resguardado. Se agachó encogiendo sus largas piernas y con dolor y esfuerzo, en un último alarde de sus escasas fuerzas, depositó la preciosa carga que portaba en su vientre. La envolvió en una tela de seda, hecha al efecto, con amor y cuidado, y se dispuso a descansar tras cumplir con el deber penoso que la naturaleza impone a las hembras de todas las especies.
Cuando al día siguiente sacaron la vela de la calabaza, Dani y sus padres encontraron en una esquina una bola pegajosa y brillante, de las que envuelven con primor los cientos de arañitas en desarrollo que nacerán unos meses después. Al lado, hecha un ovillo, con sus largas y peludas patas recogidas sobre el cuerpo, la araña madre descansaba de manera total y definiva (total y definitivamente muerta) de su ímprobo, pero gratificante trabajo.
Papá, razonable como siempre, tomó la bolsita con los huevos y la resguardó en un rincón tras una viga del porche. De todos es sabido que las arañas son el mejor insecticida en la lucha contra moscas y mosquitos.


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