Cuentame una historia

Aquí todo son historias, algunas reales, pero casi todas imaginarias porque la realidad resulta demasiado increíble.

lunes, 25 de septiembre de 2017

"Los viejos amigos" Rafael Chirbes

"Eso fuimos. Personajes anónimos de las contemporáneas guerras de religión: discutían los bandos acerca de si el paraíso debía llegar después de la muerte o se tenía que instaurar en la tierra. Eso dirán de nosotros. Quisieron aquellos últimos herejes el paraíso en la tierra, aparecerá así, un par de páginas en las historias universales dentro de trescientos años, saldremos en los libros junto a los husitas, a los valdenses, a los partidarios del remoto emperador Mot-Su, que vivió en la China hace algunos milenios".
Y Pedrito sigue recordando y ansiando, si bien ya con menos ansia. Y sus amigos, a su alrededor, siguen cenando y siguen recordando, aunque los recuerdos no sean los mismos o no se interpreten de la misma manera, porque si algo hay subjetivo es la memoria que nos miente o nos engaña o, tal vez, nosotros la engañamos a ella para que se adecue a lo que nos interesa, a lo que nuestra conciencia puede recordar sin llegar a destruirnos.
Pedrito, Carlos, Amalia, Demetrio, Guzmán; todos presentes en esta cena que los ha convocado. Elisa, Rita, Narciso, Ana; ausentes de la cena por voluntad propia o por voluntad de un destino poco complaciente, pero presentes en sus diálogos o en las evocaciones del resto.
Todos ellos se irán desnudando ante nosotros, o serán desnudados por los demás, y nos irán mostrando la historia de una célula comunista a finales de los sesenta y primeros setenta, y de sus componentes que creyeron que el paraíso debía conseguirse en la tierra para todos los hombres de buena voluntad; que creyeron que la justicia social podía llegar por medio de atentados y explosiones y reuniones clandestinas y terminaron dándose de bruces con la realidad.


Diego Manuel. Cena con amigos 2014

Ahora ha pasado el tiempo y aquellos veinteañeros universitarios que creían que el Arte era lo mismo que la revolución tienen ya cincuenta años y han tenido que conformarse con lo poco que han podido rescatar de sus ilusiones: nada de la revolución, poco o nada del Arte. "He de reconocer que a Madrid me llamó el arte con la misma insistencia que la revolución. ¿O es que no eran lo mismo?".
Unos han salido mejor parados y se han construido, efectivamente, su propio paraíso en la tierra a costa de los demás, a costa de la traición, a costa de la renuncia. Cada uno a costa de lo que fuera que le podía traer una justicia a su medida, a su gusto. Ellos treparon por encima de sus esperanzas y se consideran triunfadores, personas bien situadas en la política o en los negocios. Otros han tenido que conformarse con las migajas de sus sueños. Resbalaron sin remedio hasta que sus anhelos se los tragaron y siguen  jugando al pintor o al novelista mientras se ganan la vida en trabajos prosaicos, sin glamour ni veleidades revolucionarias. Y es que el que hubiera vendido a Lenin por una buena novela, ha terminado vendiendo pisos tras volver a su Denia natal.  
Hay que se cree la impostura de haber conseguido vivir por y para el Arte, convenciéndose "de que no hace negocios, sino que crea cultura con su productora, con la galería de Ana, con las canciones de Lalo, que son como un certificado de algo". El arte vivido de manera vicaria y el negocio sublimado y escondido bajo una actividad más digna y menos mercantilista. Hay mucho negocio en el Arte.
La cena ha sido convocada por Pedrito que ya en su día era el jefe de la célula. A lo largo de la noche, se irán turnando en el uso de la palabra todos los que han acudido y alguno que ha renunciado al encuentro. Entre todos nos irán contando aquel pasado como lo ve cada uno, la evolución hacia este presente que ha dejado a alguno por el camino y ha despojado a otros de algunas de sus razones para vivir. "¿Qué hemos ganado?, ¿qué hemos perdido? Puta vida, ¿verdad? Nuestras ilusiones".
Rafael Chirbes
En esta nueva novela, la historia de España avanza un poco más. Si en "La caída de Madrid", todo tenía lugar el 19 de septiembre de 1975, esta cena sucede en el año 96. Estamos ante un retrato de la Transición. Tal vez una metáfora, porque quizás las ilusiones perdidas de los amigos y la acomodaticia complacencia de algunos de ellos, son las ilusiones perdidas de un país que se complacía en aquella época de haberse convertido en uno de los países más modernos del mundo, pero como aquellos amigos solo era un superviviente de sus perdidas esperanzas.
La novela no está dividida en capítulos y tan solo un espacio un poco mayor anuncia las partes en las que se cambia de narrador. No hay ninguna indicación y si, al principio, puede uno hacerse un poco de lío, rápidamente vamos encontrando pistas y detalles para identificar a cada uno.
Se irán turnando en el uso de la palabra y alguno, con más clarividencia y menos empeño de redención, se dará cuenta de la poca trascendencia que tiene su pasado, el pasado de cualquiera, casi tan poca como su futuro, como el futuro de cualquiera. "Eso fuimos. Personajes anónimos de las contemporáneas guerras de religión: discutían los bandos acerca de si el paraíso debía llegar después de la muerte o se tenía que instaurar en la tierra. Eso dirán de nosotros. Quisieron aquellos últimos herejes el paraíso en la tierra, aparecerá así, un par de páginas en las historias universales dentro de trescientos años, saldremos en los libros junto a los husitas, a los valdenses, a los partidarios del remoto emperador Mot-Su, que vivió en la China hace algunos milenios".


sábado, 23 de septiembre de 2017

Déjà vu


Salían de la iglesia cogidos de la mano. Sus trajes de novios un poco desfasados y sus peinados antiguos me produjeron ternura y una tremenda sensación déjà vu, pero más fuerte, más profunda. Inexplicablemente, sus caras me sonaban de una manera inquietante; sus trajes pasados de moda en más de medio siglo y la escena a la puerta de aquella iglesia, no me eran desconocidos. Toda la imagen había sido vista por mí en algún momento. En ese mismo reconocido lugar.
De repente, un resorte en mi memoria se activó; una sensación de frío glacial me recorrió la espalda y, a pesar de no tener espejo, sé que la sangre huyó de mi piel, dejándome la cara blanca como la de una estatua de mármol de Carrara.
Volví a casa deseando estar equivocada, pero temiendo e intuyendo que no lo estaba. Bajé del altillo del armario la caja de lata donde, desde mi más tierna infancia, se guardaban fotos antiguas de familiares y amigos. Hacía más de quince años que no le echaba un vistazo. Desde que murió mi madre y me negué a escarbar el dolor en la memoria. 
Saqué el contenido, lo volqué sobre la cama y revolví, levanté y tiré al suelo, hasta dar con lo que buscaba y temía. Allí estaba aquella foto que hubiera deseado no encontrar; la foto de los novios saliendo de la iglesia, la iglesia por la que había pasado apenas media hora antes, los novios que había visto salir de la mano con sus trajes y peinados anticuados. Di la vuelta a la instantánea y leí la letra cuidada de mi padre: "Boda de tío Carlos y Amparo. 29 de junio de 1959". 
Busqué la otra foto, la que sabía relacionada con la anterior y que siempre nos enseñaban a los niños a continuación con un toque de tristeza resignada. Siempre el mismo orden: primero la foto de la boda, luego la otra, la que en esos momentos hubiera deseado producto de mi imaginación, pero que allí estaba: una foto familiar, todos de luto y llorosos a las puertas del cementerio de la ciudad. Le di también la vuelta sabiendo lo que iba a encontrar y deseando que no fuera cierto. Pero lo era. "Entierro de tío Carlos y Amparo, muertos en accidente al día siguiente de su boda. Julio de 1959"
Empecé a sentirme mal. Por un momento, no supe si me había desmayado. Me silbaban los oídos con un pitido rítmico y agudo, notaba destellos de luz en los ojos interrumpidos por sombras que se movían a mi alrededor. Tenía la boca seca y, aunque intenté moverme, no lo conseguí. Como en un susurro me llegaba una voz conocida. ¿Qué hacía aquí mi hermana? ¿Dónde estábamos? ¿Dónde estaban las fotos y el armario de mi habitación? 
"¿Doctor, cree que mi hermana saldrá del coma? No sé qué es preferible. ¿Como va a soportar saber que su marido ha muerto el mismo día de su boda, en un accidente de coche cuando iniciaban su viaje de novios?"

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Este relato se presenta al concurso literario mensual "El tintero de oro" que David Rubio convoca en su blog, "Relatos en su tinta".
Lo he modificado mínimamente. Ya había sido publicado hace unos meses en "Cuéntame una historia" con motivo de su presentación a otro concurso de la comunidad de G+ "Escribiendo que es gerundio" donde no resultó ganador. 


miércoles, 20 de septiembre de 2017

"Recordarán tu nombre" Lorenzo Silva

"Ingresé en el cuerpo a los veinte años, con las esperanzas propias de la juventud. Ahora, después de cuarenta de servicio en el instituto y rebasados los sesenta, aquellas ilusiones realizadas y colmadas han exaltado mi amor a la corporación en tal grado que mi mayor anhelo será vivir y morir dentro de la sacrosanta disciplina que es el norte de la Guardia Civil, para bien de la patria y la República". Con estas palabras pronunciadas el 1 de abril de 1936, recibía José Aranguren el fajín de general de brigada de la Guardia Civil. Tres años exactos después, el 1 de abril de 1939, se emitía el parte del final de la guerra, aquel que empieza con aquello de "En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo...", y con ese parte se firmaba la sentencia de muerte de este guardia civil. Entre ambos primeros de abril, había pasado el 19 de julio de 1936, cuando José Aranguren Roldán se enfrentó a Manuel Goded, el general llamado a encabezar el golpe militar en Barcelona, y, ante su reproche por mantenerse fiel "al pueblo rebelde contra el ejército que se sacrifica por el bien de la patria", el general de la guardia civil responde "Aquí no hay más rebeldes que ustedes". Y es que Aranguren no era un redentor ni un salvapatrias, era un servidor público que había jurado lealtad a una República salida de la urnas y a ese juramento se atuvo hasta el final. 
Su respuesta a Goded pudo ser decisiva para hacer fracasar la rebelión en Barcelona, sentenció a muerte a Goded, que sería ejecutado menos de un mes después, y sentaría las bases de su propia ejecución que tendría lugar menos de un mes después del citado parte de final de la guerra. No se dilataban mucho por entonces ni las condenas ni las ejecuciones.
En esta novela (? hablaremos al final de este tema), Lorenzo Silva, guardia civil honorario desde 2010 por su serie sobre Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, subteniente y sargento del cuerpo, respectivamente, sigue contribuyendo a la buena imagen de la institución "un cuerpo de seguridad al servicio del Estado y de los ciudadanos, y no de los caciques [...] un cuerpo sometido a la ley y a las autoridades, pero independiente de las banderías políticas y, sobre todo, volcado en el servicio a la población". Un cuerpo que, sometido a la ley y a las autoridades corruptas y autoritarias salidas de un Golpe de Estado militar, sirvió a esa ley y a esas autoridades de fuerza represora, pero un cuerpo que, mayoritariamente, donde tuvo oportunidad de elección, se mantuvo fiel a la República que había jurado defender.
Lorenzo Silva
Lorenzo Silva adopta en este libro lo que, desde mi punto de vista, es la actitud correcta al tratar el tema; ni el partidismo dogmático e interesado, ni la equidistancia injusta (todos sabemos, salvo intereses partidistas y espurios, quien fue la causa del conflicto y qué bando, desde el poder, trató de impedir la violencia indiscriminada y lo consiguió tras unos meses de confusión, y quien, también desde el poder, promovió y aplaudió la represión y el asesinato durante toda la duración de la guerra y durante los siguientes casi cuarenta años). Dos citas del libro expresan de manera inequívoca su posición frente a los hechos y, aunque resulten un poco extensas, me voy a permitir ponerlas íntegras para no desvirtuar el posicionamiento del autor, un posicionamiento, por otra parte, con el que estoy totalmente de acuerdo: 
Hablando directamente de su posición, nos dice: "No pretendo ser aséptico, porque no tengo ni creo que nadie tenga esa capacidad y porque el trasfondo de esta historia es para mí, por más que haya quien se obstine en negarlo, el derribo de una república que era fruto de la voluntad popular por parte de quienes se apoyaron, sobre todo, en la fuerza de las armas y en su determinación de usarlas sin contemplaciones contra sus compatriotas".   
Hablando de los casi tres años que duró la Guerra Civil (de julio del 36, a abril del 39) dice que durante ellos: "los insurrectos extenderán una y otra vez por los campos y ciudades de España la barbarie frente a la que dicen alzarse. En cuanto al gobierno legalmente constituido, lo que vale tanto para el de la República como el de la Generalitat, no sabrá ni podrá, tras verse despojado de la autoridad y de los medios naturales para el mantenimiento de la ley, impedir que en la zona por él administrada campen a placer asesinos de la peor índole, que con sus atropellos suministrarán a su vez munición moral al enemigo". 
He puesto más arriba un signo e interrogación al término novela que el autor se empeña en atribuir a este libro. Me permitirá Lorenzo Silva que discrepe de tal calificación, Para mí, se trata de un ensayo, y cuando quiero acotar de qué trata dicho ensayo, me veo en apuros. Decir que es acerca del papel de la Guardia Civil durante la guerra, se me queda escaso y muy incompleto; decir que es una biografía del general Aranguren, tampoco me sirve porque es mucho más que una biografía. 
José Aranguren Roldán
Diría que, con el pretexto de hablar de Aranguren y su negativa a secundar el Golpe de Estado de 1936, se aborda la historia de España en el primer tercio del siglo XX y los últimos años del XIX. Se habla de la guerra de Marruecos, con gran minuciosidad en la descripción de algunas batallas; de la dictadura de Primo de Rivera y su influencia en el fin de dicha guerra; de la República y sus diferentes y convulsas épocas. La jornada del 19 de julio del 36 en Barcelona se describe con todo detalle. Se utilizan para los distintos acontecimientos citas de las memorias de Mola, Escofet, Azaña... La obra está perfectamente documentada, escrita y estructurada como no podía ser de otra manera tratándose de un autor como Lorenzo Silva, pero... 
Sí, hay peros a esta obra. Como he expuesto, la minuciosidad, excesiva para mi gusto, con que se describen determinados hechos puntuales como las campañas de Marruecos o el inicio del golpe militar en Barcelona; las extensas citas sacadas de las mencionadas memorias o de actas de procesos y consejos de guerra. Objetivamente hablando, pueden sobrar los dos capítulos en que el autor nos cuenta, respectivamente, las vidas de sus dos abuelos de los que nos dice que "los dos quedaron en tierra de nadie, privados de las ventajas que en uno u otro momento tuvieron quienes abrazaron el partido que prevalecía. Y ambos pagaron por tratar de mantener sus principios, en una época llena de impostores, oportunistas y criminales sin escrúpulos". Y digo objetivamente, por que siendo parcial y subjetiva, he disfrutado mucho con las vidas de estos dos hombres rectos y justos que forjaron la personalidad del autor. Como hubiera disfrutado con algo más de biografía personal y familiar de Aranguren, de la que se dan pinceladas y se cuentan detalles, pero por la que se pasa con demasiada premura.
A pesar de los peros, he disfrutado del libro y creo que era necesario para recuperar un personaje que fue ninguneado tras la guerra y durante la transición. Durante los años del franquismo, lógicamente, por ser considerado "traidor" a los traidores que vencieron (las ironías de la impostura son infinitas); durante la Transición por pertenecer a un cuerpo considerado represor como era la Guardia Civil. Tampoco se ha caracterizado la Transición por reivindicar la historia y restituirle la justicia que la dictadura robó y falseó durante casi cuarenta años. Pero afortunadamente, como dice el autor, "Lo que la Historia nos hurta y deniega, lo conquista y nos lo otorga la literatura [...] Es hora de emprender la reivindicación: el desquite del arte sobre la vida".



domingo, 17 de septiembre de 2017

"Aguacero" Luis Roso

"Aguacero" es una novela policíaca ambientada en la España rural; la triste, oscura y miserable España rural de 1955. Y es curioso porque a su autor, un joven de veintiséis años cuando la escribió, tendría que serle ajena, o cuando menos lejana, esa época y esa situación social y política. Pero nada menos cierto. Todas las personas tenemos dos realidades que nos conforman como seres humanos pensantes y sintientes. Una de esas realidades es lo que podríamos llamar, valga la redundancia, real, verdadera: la que vivimos día a día desde que nacemos. La otra es, valga la paradoja, ficticia. Se trata de la realidad escondida o patente en todas las lecturas que a lo largo de nuestra vida hemos ido acumulando y de las que hemos extraído experiencias y conocimientos. Es esta realidad ficticia la que ha dotado a Luis Roso de un entorno lejano a su historia verdadera, pero en el que se mueve como pez en el agua y es que "No tuve más que levantar la vista del ordenador y observar algunos títulos de mi estantería. Allí, entre otros muchos, estaban Delibes, Cela, Ferlosio, Sender, Azorín, De la Serna, Aldecoa, Barea, Martín Santos o Laforet. Allí, en estos y otros autores, estaban representadas todas las tendencias, todas las corrientes, todos los bandos. Allí estaba, en buena medida, la historia de la literatura española de las entrañas del siglo XX. Y debía ser de ahí y no de otra parte de donde partiera mi obra"
Ernesto Trevejo es inspector de primera de la Brigada de Investigación Criminal del Cuerpo General de Policía. Sabe que ha tocado techo en su carrera porque carece de padrinos y además, aunque se vea obligado a disimularlo, no es para nada "afecto al régimen". Tampoco desafecto, o eso quiere hacernos creer, porque lo que sí es Ernesto Trevejo es un cínico que sobrevive a base de nadar y guardar la ropa, única manera que tiene de salir adelante en un mundo que tiene muy claro lo que está bien y lo que no lo está en absoluto y si no estás conmigo estás contra mí. Ernesto cuelga del bolsillo izquierdo de su camisa la insignia con el yugo y las flechas que le abre las puertas de viejas amistades y de ciertos ambientes y que, cuando las circunstancias lo exigen, guarda en el interior del bolsillo. Y es que, en aquellos tiempos, "en España primaba la supervivencia del más ecléctico. Lo suyo era saber adaptarse según vinieran dadas, no mostrar nunca tus cartas o tus ideas antes de tiempo, o acaso no mostrarlas nunca. Ser una cosa o su contraria según quien te convidara al café".
Una mañana de mediados de enero de 1955 le encargan una incómoda misión. En un pueblo de la Sierra de Madrid, Las Angustias, hace más de un mes fueron asesinados y torturados dos guardias civiles. Casi un mes después, otros dos cuerpos aparecen con cuatro tiros cada uno: el alcalde del pueblo y su mujer. El arma que realizó los ocho disparos proviene de las robadas a los guardias asesinados. 
Trevejo es encargado de viajar al lugar y, extraoficialmente, ponerse a las órdenes de la Guardia Civil y ayudar en la investigación. Alguien poderoso tiene mucha prisa en que el caso se resuelva.
Lo que se va a encontrar Ernesto Trevejo en Las Angustias, aparte de la animadversión del capitán Cruz, al mando del cuartel de la Guardia Civil, es un pueblo dominado por las fuerzas vivas y por los secretos que todos parecen querer esconder, aunque nadie lo consigue. El cura, el nuevo alcalde, hijo del asesinado, el médico, el juez, la maestra, el conde. Y, en un pequeño pueblo cercano, Valrojo, perteneciente al término municipal de Las Angustias, se va a encontrar con un mundo paralelo, un mundo que estando apartado unos pocos kilómetros es como si estuviera en otra galaxia. Para sorpresa de Ernesto, en Valrojo se está construyendo una presa y la compañía eléctrica "ha traído a unas pocas docenas de andaluces y los tiene picando piedra en el margen del río [...] Además de arreglar las carreteras, van a hacer que llegue la luz y el agua a todos los rincones, y se va a mejorar el servicio telefónico, [...] El pantano va a traer riqueza y prosperidad a la zona. O eso dicen". (Como natural de una tierra "bendecida" por el ansia empantanada del hacedor de presas, puedo asegurar que los pantanos jamás dejaron riqueza en la zona; en el mejor de los casos la dejaron kilómetros más abajo, en las tierras yermas convertidas en fértiles gracias al regadío; en el peor, tan solo en manos de las grandes hidroeléctricas).
Los trabajadores andaluces viven en su propio mundo, al pie de la presa en construcción, en barracones miserables, sin comunicarse apenas con el resto de la gente, muriendo de infecciones que la malnutrición hace imposible vencer, malviviendo con lo justo y, aún así, contentos de tener un sueldo porque en su tierra vivían peor.
Luis Roso
Los intereses de la compañía eléctrica que construye el pantano, representada en el lugar por un ingeniero austriaco (aunque hay quien dice que es alemán) de oscuro pasado, se mezclan en toda la trama y, desde lejos, están siempre presentes. 
El empresario al mando, Sorrigueta, le suena a Ernesto, es un elemento más de un conjunto de personajes bien conocido en la España de la época: "oportunistas, charlatanes, iletrados, engreídos y prepotentes", un grupo de empresarios que, a decir de Ernesto, no importa de donde procedan o cómo se hayan enriquecido, "el dinero, o más bien el ansia por poseerlo, limaba las asperezas de las personalidades de cada uno, volviéndolos seres aburridos y predecibles, y también peligrosos, que nadaban a sus anchas en las aguas estancadas y pestilentes del régimen que los engendraba y tan profusamente los nutría".
La resolución del caso no satisface a Ernesto que, con el pragmatismo que le permite sobrevivir a tanta miseria moral, parece aceptarlo como parte de las reglas del juego tramposo y cicatero al que casi todos juegan en la España del momento. Pero Trevejo, además de pragmático, es un poco romántico y no podrá dejar las cosas como están. El final es de lo mejor que he leído últimamente en novela policíaca. Un final capaz de redimir la novela si la redención fuera necesaria. No lo es. La novela es buena sin necesidad de que un buen final venga a salvarla. Aquí el final solo sirve para redondear un resultado que ya era bueno de mano. 
Dos personajes, aparte de Ernesto Trevejo, sobresalen en la novela: Aparecido Gutiérrez (sí, habéis leído bien, Aparecido) es el único guardia civil con cuyas simpatías cuenta el inspector. Será su ayudante, el que le da soporte para diálogos cargados de humor negro y de ironía amarga, y será su chófer al manillar de una motocicleta en cuyo sidecar va Ernesto. Y juntos, se enfrentarán al otro personaje destacable: la lluvia. Una lluvia que no da tregua, que todo lo moja, todo lo empapa: trajes, zapatos, sombrero. Trevejo se defiende como puede, seca su ropa mientras duerme, pero siempre se la pone húmeda. Lluvia en la ropa, lluvia creando cieno en el suelo, lluvia que vuelve grises los días y profundamente negras las noches; lluvia que nos empapa y nos hace tiritar de frío mientras leemos y nos vamos sumergiendo en este aguacero que parece no tener fin y del que nos cuesta salir.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Relatos en su tinta. Como atrapar a un lector III

Antes del verano estaba haciendo un reblogueo de estas entradas de David Rubio, del blog "Relatos en su tinta", acerca del libro de Ángel Zapata, "La práctica del relato"
En mayo y junio, aparecieron las dos primeras entradas, pero ante la llegada del verano y la disminución de la actividad en los blogs, interrumpí la publicación para retomarla ahora que todos hemos vuelto de vacaciones. 
En cada una de las entregas anteriores se hablaba de uno de los factores fundamentales para mantener la atención del lector. En la primera entrega, de la naturalidad y en la segunda, de la visibilidad. En esta tercera entrega hablaremos de la continuidad, "el tercer pilar que nos propone Ángel Zapata sobre el que construir nuestro relato es la continuidad y esta se consigue siendo redundante, repitiendo" nos dice David en su entrada para, a continuación asombrarse y preguntarse "¿pero no es la repetición la primera causa del aburrimiento?"
En su entrada nos irá desvelando el misterio y resolviendo la aparente contradicción. Y, como en las entradas anteriores, lo hará a base de ejemplos, de textos fallidos creados por él mismo y que él mismo arregla para adecuarlos a lo que pretende contarnos y mostrarnos las diferencias; de textos de escritores más o menos célebres en los que nos muestra como se atrapa o como se pierde la atención del lector.
Para conseguir la continuidad nos propone tres recursos y cada uno viene ilustrado por ejemplos impagables como el comienzo de la novela de Horace McCoy "¿Acaso no matan a los caballos?", o alguna expresión antológica del admirado, querido y entrañable Sheldon Cooper.
Os dejo el enlace a la tercera entrega de la serie:


En la próxima y última entrega, David nos hablará del cuarto recurso para dejar a nuestro lector cosido a la silla y pegado al libro: la Personalidad.
Siempre os recomiendo que visitéis "Relatos en su tinta", el blog de David, pero ahora lo hago con más motivos aún porque a la vuelta de sus vacaciones blogueras, el blog va a tener muchas secciones nuevas de lo más interesantes, además de mantener las mejores de las antiguas. Si pasáis por allí, allí nos veremos pues soy asidua lectora y comentadora.


martes, 12 de septiembre de 2017

"La amiga estupenda" Elena Ferrante

"Quería volatilizarse; quería dispersar hasta la última de sus células, que de ella no encontraran nada. Y como la conozco bien, o creo conocerla, doy por descontado que ha encontrado el modo de no dejar en este mundo ni siquiera una migaja de sí misma, en ninguna parte". Por eso, con sesenta y seis años, Lila desaparece un día sin dejar el más mínimo rastro de su paso por el mundo. Nada queda en la que fue su casa que la pueda recordar o dar testimonio de que en realidad ha existido. Nada, salvo, por lo que sabemos de momento, su hijo Rino y su amiga Lenù. 
Esto es lo que nos cuenta la propia Lenuccia, Lenù, en el primer capítulo de la novela, porque se ha dado cuenta de que Lila, por fin, ha materializado sus deseos y se ha volatilizado, y no solo quiere desaparecer ella, sino que quiere llevarse toda la vida que podría dejar a sus espaldas, quiere, efectivamente, dispersarse en todas sus células, dispersar sus recuerdos y, una vez convertido todo en partículas diminutas e impalpables, dejar que el viento se lo lleve para que de ella no quede el más mínimo vestigio. Y no sabe cómo la entiendo porque ese ha sido también mi deseo alguna vez; lo sigue siendo de tarde en tarde.
Afortunadamente para nosotros, Lenù no está dispuesta a permitir que se salga con la suya. Por eso enciende el ordenador y con una heroica voluntad de evocación comienza a escribir y, palabra a palabra, línea a línea, comienza a escarbar en los recuerdos aunque le duela, comienza a deslizar sobre la pantalla cada momento de la vida que han compartido, todo lo que es capaz de sacar de su memoria.
"Lila apareció en mi vida en primer curso de primaria y enseguida me impresionó porque era muy mala". No empiezan así los recuerdos de Lenù, pero sí su relación con Lila si la quisiéramos narrar cronológicamente. La novela no es cronológica, aunque su discurrir hacia adelante sea imparable. Avanza y retrocede, pero siempre da un paso más de los que desanda. Y así, como olas que van y vienen pero con su movimiento conjunto hacen subir la marea, la historia va avanzando por la vida de las dos amigas y nosotros avanzamos con ella porque el oleaje de los acontecimientos y el lenguaje con el que se nos cuentan nos arrastra sin remedio.  
La maldad de Lila que tanto impresionó a Lenù consistía en ser mala siempre, no solo cuando la maestra no miraba como el resto de las niñas. Lila es rebelde, valiente, decidida, descarada... y sumamente inteligente. Lenù, por su parte, es dócil, asustadiza, reflexiva... y sumamente inteligente.
De travesura en travesura, de descubrimiento en descubrimiento, de decepción en decepción y de logro en logro, seguiremos a estas dos amigas a lo largo de su infancia y adolescencia por las calles de su barrio, un barrio pobre de las afueras de Nápoles, habitado por obreros que para llegar a fin de mes necesitan comprar fiado; un barrio donde casi nadie ha visto el mar y poca gente, solo la que allí trabaja, conoce el centro de la ciudad. Un barrio que empieza y termina en sí mismo y aprisiona y asfixia en su mundo reducido de reducidas perspectivas la vida y las ilusiones de sus habitantes. 
Nápoles, 1955.
(Mario Cattaneo)
Este es un mundo violento en el que un padre puede lanzar a su hija a través de una ventana, las mujeres se insultan de una casa a otra o se agarran de los pelos, y los hombres, en el bar de los Solana, "entre pérdidas en el juego y borracheras molestas, a menudo [llegaban] a la desesperación (palabra que en dialecto significaba haber perdido toda esperanza, pero también, estar sin un céntimo) y a las manos". También pueden llegar a las manos por una palabra mal dicha o mal entendida o por una mirada a una mujer mal interpretada (o bien) por el hombre que la acompaña. 
En el barrio de Lila y Lenù se guardan antiguas afrentas que no se olvidan y que esperan su oportunidad de resarcimiento; allí permanecen en mohoso letargo odios que se larvaron durante la guerra y que se esconden disfrazados, pero vivos, como Lila descubrirá unos años más tarde. 
En ese ambiente crecen las dos amigas y crecen con la ilusión de hacerse escritoras y escribir algo como "Mujercitas", algo con éxito capaz de sacarlas de la pobreza y hacerlas ricas para siempre; algo capaz de sacarlas del barrio y alejarlas de la mezquindad que encuentran por doquier. Algo que, sospechan, pasa por el estudio y el conocimiento.
Pero ambas amigas son muy distintas. El tiempo las va separando porque la infancia todo lo iguala, pero al crecer, se pone de manifiesto todo el bagaje personal y familiar que nos diferencia a todos de todos y, cuando terminan la escuela, las condiciones económicas y culturales, las prioridades familiares y los propios gustos y deseos de cada una, hacen que sigan caminos diferentes. Siguen en el barrio, siguen siendo amigas, pero sus mundos van divergiendo, sus intereses se alejan y el final de la novela nos sorprende a nosotros y sorprende a Lenù dándose cuenta de que se ha equivocado y el destino ha colocado a ambas amigas en lugares diferentes a los que hubiéramos imaginados al principio del libro, "aquella vez en que Lila y yo decidimos subir las escaleras oscuras que llevaban, peldaño a peldaño, tramo a tramo, hasta la puerta del apartamento de don Achille".
No quiero desvelar el final de esta novela; el final de la historia ni aunque quisiera podría revelarlo porque nos queda mucho por saber; aún me queda mucho por saber. Este es el primer libro de una tetralogía que se titula "Dos amigas". Aún me quedan tres libros por leer en los que me imagino, estoy segura, que continuará la historia de Lila y Lenù, y avanzará la trama y, tal vez al final, sepamos lo que ha pasado con Lila, a dónde ha ido, cómo se las ha arreglado para dispersar su rastro hasta hacerlo desaparecer. Aunque creo que no es eso lo más importante, porque esto no es una novela negra en la que busquemos resolver un enigma (tampoco es lo que se busca, o no prioritariamente, en muchas novelas negras), esto es la historia de dos amigas y los muchos personajes que las rodean y constituyen su mundo; es la historia de un barrio deprimido en una época tan deprimida como el barrio. Es, en definitiva, una historia sencilla y humana que nos atrapa porque además está contada con un lenguaje claro y muy elocuente, directo al grano; sin falsos pudores ni remilgos moralistas; sin juzgar, pero sin ocultar; salvando a todos los personajes del fuego condenatorio con un ejemplar ejercicio de comprensión humana; negándose a tirar la primera piedra, pero sin dejar de manifestar rechazo por las conductas más reprobables.
Evidentemente, esta no es
Elena Ferrante.
Nadie sabe quién es Elena Ferrante*. Ni siquiera se sabe si tras ese seudónimo se esconde un hombre o una mujer, si vive en Nápoles o en Turín tras haberse establecido en Grecia una temporada. Sus editores italianos han sabido guardarle el secreto. En una entrevista concedida por correo electrónico para Il Corriere della Sera ha dicho que una buena forma de leer es descubrir la personalidad de los autores a través de las historias que escriben, de los objetos y paisajes que describen y de los personajes que crean. También ha dicho que mantenerse invisible es una buena forma de observar el mundo. Hay quien ha visto en todo este misterio una maniobra de marketing, pero, a partir de una única lectura es cierto, me parece que su calidad hace innecesaria cualquier estrategia de este tipo. 

*A finales de 2016 se ha descubierto la identidad de la autora. No me ha parecido legítima la manera de hacerlo. No me habría parecido legítima ninguna manera de hacerlo. No me resulta aceptable indagar en la identidad de una persona en contra de sus deseos. Lo considero acoso. Por ello no me hago eco de dicho descubrimiento. Para mí, Elena Ferrante es la autora de esta y otras novelas, y aunque podría picarme la curiosidad, puesto que ella no quiere revelarme nada más, con eso me basta.



sábado, 9 de septiembre de 2017

"El corto tiempo de las cerezas" Manuel Cerdá

Hace unos meses se publicó en la Revista MoonMagazine mi reseña sobre una novela de Manuel Cerdá, "Adiós, mirlo, adiós". Desde entonces, tenía pendiente "El corto tiempo de las cerezas", novela que Manuel Cerdá escribió en 2015, y de la que "Adiós, mirlo, adiós", de 2016, es la continuación. 
"Adiós, mirlo, adiós" empieza el 11 de noviembre de 1918, el día en que el New York Times anuncia la firma del armisticio que pone fin a la Gran Guerra, y se prolonga hasta agosto de 1990, apenas unos meses antes de la caída del Muro de Berlín.  
A lo largo de los setenta y dos años que narra la novela, siguiendo las peripecias de Sam Sutherland y de sus padres, fuimos testigos de los hechos históricos más significativos del siglo XX en Estados Unidos y en Europa: la Ley Secala caída de Wall Streetel Berlín de los años veinte, la ascensión de Hitler al poder, La Guerra Civil española con su dura posguerra, la Segunda Guerra Mundial, el terror creciente y obsesivo en Estados Unidos hacia el comunismo que desembocó en la Caza de Brujas, el mayo del 68, la caída del Muro de Berlín.
Una historia novelada del siglo XX, la misma que escribió Ken Follett en los tres tomos como tres ladrillos que constituyen la Trilogía del siglo, pero para mí mucho mejor (salvando la mayor ambición al abarcar muchos más escenarios del conocido best seller) porque está mejor escrita, carece del tono didáctico y machacón de la trilogía de Follet, no tiene tanta paja y, sobre todo, tiene mucha más alma, más sentimiento, más emoción.  
La novela se lee perfectamente sin necesidad de saber nada de la historia anterior, pero siempre que una novela me gusta no puedo resistir la tentación de leer cualquier continuación o precedente escrito que exista, así es que era cuestión de tiempo que me acercara a "El corto tiempo de las cerezas".
Aquí se nos narra la historia de Samuel Valls, el abuelo materno de Sam Sutherland, y abarca desde 1849, con el nacimiento de Samuel, hasta 1912. 
Samuel es el cuarto hijo de una familia de campesinos sin tierra que, ante la acumulación de deudas y la imposibilidad de pagar el arrendamiento, se ve obligada a trasladarse a la ciudad y buscar trabajo en alguna de las distintas fábricas que allí abundan. 
Samuel aprendió a mamar en la fábrica donde trabajaba su madre, con dos meses, y aprendió a trabajar, nunca tuvo tiempo de jugar, en otra fábrica a los seis años.
Pero Samuel no tiene intención de deslomarse trabajando como su padre para terminar tan pobre como empezó y con el único consuelo del alcohol. Sin miedo a la pobreza y sin ambiciones materiales, desde los doce años decide ser el único dueño de su destino. Trabaja en lo que le sale - recoger las cerezas y llevárselas a Farinetes a su casa "Aprovecha ahora, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto. Como todo lo bueno. Come las que quieras"; recoger hierbas para el curandero Guisambola, esparto para un alpargatero, leña para las fábricas, hielo de la cava para quien se lo pida - y se va haciendo adulto, y de la mano de su amigo Esclafit, empieza a sentir necesidades que nunca se le hubieran ocurrido. Quiere entenderlo todo, saberlo todo, controlar su mundo... y aprende a leer. 
A partir de ahí la vida de Samuel se despega, definitivamente, del futuro que le tenía asignado su origen.
Trabajará en un periódico, se verá obligado a huir a Barcelona, tras el Golpe de Pavía que puso fin a la Primera República, por participar en las revueltas de los trabajadores. Allí se dejará tentar por los negocios más locos y desenfadados de la época, y después de peripecias de todo tipo, viudo y sin problemas económicos, terminará instalándose en París.
Lo político y lo social se mezclan en esta novela, aunque se dé más importancia a lo social. Se ambienta en un mundo convulso, en la época en que las máquinas empiezan a sustituir a los hombres causando gran cantidad de desempleados. "Las máquinas, lejos de mejorar la suerte de quienes trabajan con ellas, solo causan estragos en sus vidas. Bienvenidas sean, pero no sin ningún tipo de consideración hacia los trabajadores.[...] son un gran invento. Pero si solamente benefician a unos, [...]deja de ser algo bueno, algo útil, y se convierte en un instrumento de opresión". La situación tiene desesperados a trabajadores y parados que no ven otra solución que las huelgas y las revueltas para intentar conseguir alguna mejora. Es la época de las grandes esperanzas. Se funda la Asociación Internacional de Trabajadores (la Primera Internacional) y empiezan los enfrentamientos entre anarquistas y socialistas.
Por lo político se pasa más de largo. Los hechos revolucionarios de 1854 y 1856; la Revolución de 1868 - La Gloriosa - y la consecuente huida de Isabel II; el breve reinado de poco más de dos años de Amadeo de Saboya y su abdicación en 1873; la más breve Primera República, la restauración borbónica; todos estos hechos se mencionan de pasada porque lo realmente importante es la situación social en la que se va desarrollando la vida de Samuel. 
Pero no todo es trabajo y revolución. Samuel se enamora y se casa, aunque ambos conceptos y las personas sobre las que se materializan no coinciden; enviuda y se instala en París para favorecer la carrera artística de su hija Camila. Se volverá a enamorar, ya mayor, y sufrirá y se enamorará de nuevo.
No solo de España y su situación se habla en este libro porque Samuel viaja mucho. Además de París, en cuyo barrio de Montmartre se instala definitivamente, acompañará a su hija en sus actuaciones y nos hablará de Londres donde, en Whitechapel, descubrió que "la miseria no está lejos del bienestar"; de Nueva York donde le sorprendió la extravagancia de millonarias que se hacían incrustar brillantes en cada uno de sus dientes o portaban un collar elaborado con ojos de indios peruanos; y de Viena que para él "simbolizaba mejor que ninguna otra ciudad las contradicciones entre lo nuevo y lo viejo, la modernidad y la tradición, cuya coexistencia estaba a punto de minar los fundamentos sobre los que se sustentaba la cultura liberal del siglo XIX".
Manuel Cerdá
Manuel Cerdá es historiador además de escritor. En esta novela se tratan episodios históricos de la segunda mitad del siglo XIX, un siglo que se dilata hasta 1914, si no cronológicamente, sí históricamente. Pero, en las propias palabras del autor, la novela "no pretende contar la historia del mismo a través de los hechos más sobresalientes que marcaron dicha época sino a través de cómo estos fueron vividos por su protagonista, Samuel Valls, de qué manera influyeron en su ánimo y definieron su personalidad". Es Samuel quien interpreta los hechos porque aunque la novela está contada en tercera persona, el narrador no es omnisciente sino que, a partir de cierto momento, está siempre en la cabeza de Samuel y habla desde la perspectiva de Samuel.
Y por boca de ese narrador y a través de los ojos de Samuel, Manuel Cerdá nos narra los hechos que, desde el siglo XIX, llevaron a los convulsos acontecimientos que recorrieron todo el siglo XX. Nos da las claves y nos deja preparados para adentrarnos en su siguiente novela (aunque igual se disfrutan si se leen en orden inverso) y transitar por ese siglo desdichado de "Adiós, mirlo, adios" en el que, "ha habido más muertos por violencia que en toda la historia de la humanidad". 
Lástima que en la coexistencia entre lo nuevo y lo viejo, entre los adelantos tecnológicos y científicos y la atávica condición humana tendente a la autodestrucción, siempre salga vencedora la segunda.


El corto tiempo de las cerezas from Manuel Cerdà on Vimeo.

Por si a alguien le interesa, dejo en enlace del booktrailer de "Adiós, mirlo, adiós" con la preciosa canción "Bye, bye, blackbird" de Miles Davis.


miércoles, 6 de septiembre de 2017

"Mis amigos" Emmanuel Bove

"Cuando me despierto, tengo la boca abierta. Tengo los dientes pastosos: cepillármelos por la noche sería lo mejor, pero nunca me encuentro con ánimos para hacerlo. Algunas lágrimas se han secado en el rabillo de los ojos. Los hombros ya no me duelen".
"Cuando se ha dormido en sábanas limpias, uno puede, al saltar de la cama, mirarse en un espejo. Yo, por la mañana, antes de mirarme, me lavo".
Victor Bâton no tiene alegres despertares, su buhardilla en Montrouge está demasiado cerca del cielo: es fría, húmeda y pequeña, y tiene la desesperada tristeza de la soledad. Bâton es un hombre pobre, triste, solo. Bâton es un residuo de la Gran Guerra en la que fue combatiente y herido. Ahora vive justa y malamente de su pensión y deambula por el París de los años veinte. 
Pasea su pobreza por las calles de París; su tiempo libre, que es todo, se le escapa en paseos y merodeos. No trabaja ni quiere trabajar. Cuando quiere lujo, se acerca a los alrededores de La Madeleine y allí huele a suelos de madera, tubos de escape de lujosos automóviles y perfumes caros de mujer. Allí sueña con lo mucho que le gustaría ser rico: "El cuello de piel de mi abrigo provocaría admiración, [...] Un reloj de pulsera me obligaría a hacer un gesto elegante para mirar la hora. Iría con las manos en los bolsillos de la chaqueta, los pulgares fuera, y no como los nuevos ricos, que los meten en la sisa del chaleco"
Pero sobre todo, lo que más le gustaría de ser rico, lo que más desea y añora en su pobreza: "Tendría una amante, una actriz". Y es que Bâton lo que más anhela en el mundo es la compañía y el afecto. Desea un amigo, una amante, alguien con quien compartir su día a día, con quien conversar.
Después de los tres primeros capítulos en que el protagonista nos presenta su casa, su barrio, sus vecinos y sus deseos, la novela casi se transforma en un libro de relatos, sin ninguna relación entre ellos, salvo el hecho de estar narrados por el mismo protagonista. En cada uno de los capítulos sucesivos, Bâton nos habla de "sus amigos", personas que conoció y con las que se ilusionó; posibles amigos o amantes que no llegaron a ser una presencia permanente en su vida ni a satisfacer sus anhelos. "Mi imaginación crea amigos perfectos para el futuro, pero, mientras tanto, tengo que conformarme con cualquier cosa". Y es que cada vez que Batôn conoce a alguien, se imagina una vida futura compartiendo con esa persona, amigo o amante, momentos de camaradería, de charla y risas, de afecto y simpatía. El conjunto de "sus amigos" lo constituyen hombres y mujeres tan miserables como él, alguno más incluso, y con todos ellos es capaz de humillarse para conseguir esa compañía ansiada y, cuando no lo consigue, se revuelve contra la persona o contra las circunstancias, nunca contra sí mismo. 
La miseria material, la escasez de espacio, ropa o comida, se mezcla con la miseria moral y da como resultado un personaje amoral, aficionado a llamar la atención y concitar hacia su persona la compasión más humillante "No tenía intención de matarme, pero inspirar compasión a menudo me gusta. En cuanto un paseante se aproximaba, ocultaba el rostro entre las manos y aspiraba por la nariz como cuando uno ha llorado. La gente, mientras se alejaba, volvía la cabeza.
La semana anterior, en un arrebato de fingida sinceridad, faltó poco para que me arrojase al agua"
Contada por el propio Bâton en primera persona, la novela se hace eco de sus ansias y desengaños, de anécdotas y curiosidades. Nos muestra su vida desde su punto de vista y, sin embargo, no llegamos a empatizar con él. No termina de resultarnos simpático y agradable porque, a pesar de su sinceridad, a pesar de que los hechos son contados de manera objetiva, la visión que tiene de su mundo y de su persona es tan subjetiva que en nada se parece a lo que desde fuera percibimos. 
No deja nada por mostrar, no esconde hechos, pensamientos o sentimientos que le puedan perjudicar, tal vez, porque no los percibe como negativos. Se describe tal cual es, pero se juzga con demasiada benevolencia. Muestra una auto compasión obscena que nos lo hace ajeno y nos produce rechazo: "Siempre ha sido así en mi vida. Nadie ha respondido nunca a mi afecto. Lo único que deseo es amar, tener amigos, y siempre me quedo solo. Se me da una limosna y luego se huye de mí". 
Y, sin embargo... tampoco acaba de resultarnos antipático. Una especie de grandeza se esconde detrás de su miseria, una cierta dignidad que vamos intuyendo, que se nos va manifestando a través de sus palabras. Victor Bâton quiere llamar nuestra atención, quiere que le respetemos, que le compadezcamos y, maestro consumado en el arte del fingimiento, lo consigue. Y nosotros nos dejamos embaucar y llegamos a respetarle, pero no le compadecemos, porque en algún resquicio de nuestra más oculta conciencia, en realidad, le tenemos un poco de envidia. Nos gustaría pasear nuestro infinito tiempo libre por las calles de París. Nos gustaría ser capaces de enfrentarnos a todos y a todo, de pagar el precio necesario como lo ha hecho Bâton "Yo era, en aquella casa de obreros, el loco cuando en el fondo, todos hubieran querido serlo. Yo era el único que se privaba de carne, de cine, de ropa, a cambio de ser libre. Yo era el único que, sin pretenderlo, recordaba todos los días a la gente su condición miserable.
No me han perdonado ser libre y no temer la miseria"
Emmanuel Bove
"Mis amigos" se publicó en 1924 gracias a la iniciativa de Colette, amiga del Emmanuel Bove. La novela se reeditó numerosas veces hasta 1945, año en el que muere Bove, tras volver de Argelia a donde había huido durante la guerra. Después novela y autor cayeron en el olvido al igual que Bove que era un escritor totalmente desconocido en Francia y, por supuesto fuera de Francia, hasta que en los años ochenta, algunos de sus admiradores, como Raymond Cousse y Peter Handke, lo mencionaron en artículos y libros y consiguieron sacarle de las profundidades de la desmemoria. Ahora se ha convertido en un escritor de culto, adorado por los críticos, reeditado y traducido a varios idiomas.
"Mis amigos", la única novela de Emmanuel Bove que he leído, es de esas obras que considero una pequeña joya. Su lenguaje es conciso y depurado hasta el límite. Con frases cortas, directas y sencillas nos muestra la desazón que produce una sociedad en la que salirse de la norma no es algo que resulte barato. Y Victor Bâton es inmune a las normas, incluso a aquellas que nosotros, sus actuales lectores, no le perdonamos que se salte. Victor Bâton es todo un revulsivo.



lunes, 4 de septiembre de 2017

Sin reseña IV


Aquí os presento otra tanda de cinco libros que se quedaron sin reseña, pero no sin comentario. Por si a alguien le interesa, os dejo los enlaces de Sin reseña I, Sin reseña II Sin reseña III.
Además, he cambiado la imagen del libro mudo de la cabecera de la entrada y la he personalizado un poco.


"El peor remedio". Donna Leon.
Esta es la octava entrega de la serie protagonizada por Guido Brunetti, un comisario de la policía de Venecia. En esta ocasión, los problemas le vendrán, en principio, de su mujer Paola, con la que lleva casado veinte años y con la que tiene dos hijos, Raffi y Chiara. Es una familia feliz, pero no por eso dejan de tener sus problemas. 
Paola pertenece a una de las familias más importantes de Venecia. Su padre es el conde Orazio Falier quien le dijo a su hija que era una idiota cuando le comunicó que quería casarse con Brunetti. Ahora volverá a decírselo, pero por otros motivos, pues la indignación de Paola con las injusticias y con la discrepancia entre lo legal y lo justo la impulsa a veces a perder la perspectiva y comportarse de modo poco sensato.
Después todo se complicará con un asesinato y con actividades mafiosas de las más miserables y vergonzosas que nos podamos imaginar.
Y, sin que debamos acostumbrarnos, me imagino, esta vez sí que los culpables pagan sus culpas. El delito es demasiado terrible para dejarlo impune, aunque me temo que en la actualidad está a la orden del día e impune queda.

"La tierra dormida". Joaquín M. Barrero
Con esta novela he terminado, por ahora, la serie dedicada al detective Corazón Rodríguez. Aunque el nombre del personaje pueda sonar a chiste, nada más falso. Se trata de una serie de historias en las que se mezcla el presente con el pasado en cada una de las novelas. Los casos que le encargan a Corazón, o con los que se encuentra sin querer, se mezclan con hechos de la historia de nuestro país en el siglo XX y finales del XIX. Asistiremos a episodios de varias guerras de las que tuvieron lugar a lo largo de esos siglos: la Guerra de Cuba, la Guerra de Marruecos, la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial. Seremos emigrantes obligados en Venezuela y en la República Dominicana; nos veremos involucrados en los amores de un brigadista inglés con una española y en el secuestro de una mujer alemana; nos perderemos en el helado y cruel invierno ruso alistados en la División Azul y seremos un niño que busca en una cueva, en las montañas asturianas, un increíble tesoro que seguramente nunca existió.
A lo largo de las cinco novelas de la serie, visitaremos esos lugares espaciales y temporales que se enlazan con el momento en que Corazón Rodríguez se ve impulsado a indagar en un pasado que pueda dar las claves de lo que se busca en el presente.
Joaquín M. Barrero es asturiano y nació al final de la Guerra Civil. Ha viajado debido a su trabajo en Comercio Internacional y ha vivido cuatro años en Venezuela. Es analista químico y publicó su primera novela con sesenta y seis años. "La tierra dormida" es, de momento, su última novela.

"A cada uno su propia muerte". Veit Heinichen.
Normalmente, cuando viajo y tengo posibilidad, me gusta leer algún libro ambientado en los lugares que visito, mientras los visito. Es por eso por lo que este verano, en que he viajado a Venecia, le he dado un empujón a la serie sobre Guido Brunetti. Pero desde Venecia, he cogido un autobús hasta Trieste. Una amiga me dio a conocer, y me prestó de paso los dos primeros libros, esta serie ambientada en la ciudad. Solo he leído el primero y me ha gustado mucho. 
La serie está protagonizada por Proteo Laurenti, comisario jefe de la policía criminal de Trieste. Esta primera entrega sucede en una semana, del 17 al 23 de julio, de 1999. La aparición de un yate a la deriva y sin nadie a bordo pondrá en marcha una investigación que se mezcla con un caso de 1977, uno de los primeros que tuvo que investigar Proteo y que quedó sin solución. Ahora, tal vez pueda desentrañar los misterios de ambos casos que cada vez aparecen más mezclados. 
Todo tipo de actividades mafiosas en un escenario fronterizo entre Italia, Croacia y Eslovenia; entre el Este y el Oeste. Tráfico de drogas, armas y personas; blanqueo de dinero; prostitución e inmigración, a veces, tristemente mezcladas y confundidas.
Por si todo eso fuera poco, el calor es sofocante y la situación familiar de Laurenti, tampoco ayuda mucho. 
Otra serie a la que me engancho.

"El ángel negro". John Connolly.
Este fue el primer libro que tuve de John Connolly. Su lectura me dejó realmente sorprendida porque su historia es más turbadora aún que la portada con que se presenta la novela. Luego supe que pertenecía a una serie protagonizada por el detective y ex-policía de Nueva York Charlie "Bird" Parker. Como no podía ser de otra manera, empecé a leer la serie en orden y ahora le ha tocado el turno a esta sexta entrega que he leído por segunda vez. Gracias a mi mala memoria y a los nueve años transcurridos, ha sido casi como si fuera la primera.
Cuando sus padres bautizaron a Charlie, no tenían ni idea del significado que tenía el nombre elegido. "No, mis padres no sabían nada de jazz [...] Sencillamente a mi padre le gustó el nombre. La primera vez que oyó hablar de Bird Parker fue en la pila bautismal cuando el sacerdote se lo mencionó".
Charlie dejó la policía por una tragedia familiar que ha marcado su vida y cuya solución definitiva sigue tratando de encontrar. Le ayudan en sus aventuras dos personajes curiosos donde los haya. Se trata de una pareja homosexual formada por Louis, un negro, ex asesino a sueldo, atildado en el vestir y en sus costumbres hasta un punto que supera con mucho lo esperable en la implacable máquina de matar que es; y Ángel, un hispano ladrón, que viste de cualquier manera y que es todo lo contrario a su pareja. Los diálogos entre ambos son geniales y muy divertidos.
Irremediablemente, Charlie se encuentra en cada episodio con el mal en estado puro, con una maldad que trasciende lo terrenal para convertirse en algo del más allá. Lo sobrenatural sobrevuela estas historias, pero, con gran maestría, John Connolly no llega nunca a pasarse al lado de la fantasía inverosímil. Siempre se queda en ese punto en el que todo puede ser real, turbadoramente real. Sí, turbador es el adjetivo que siempre me viene a la cabeza con esta serie y con este autor.
Tras dos años y medio con la serie abandonada, me he propuesto darle un nuevo empujón.


"El ángel rojo". Franck Thilliez.
Últimamente se leen muchas reseñas muy favorables a dos libros de este autor: "El síndrome E" y "Gataca". Como me gusta empezar las series por el principio escogí la primera novela de la serie para empezar a leer. En realidad, los dos libros mencionados son los primeros en que aparece el comisario Sharko, de la Policía Judicial parisina, junto a la teniente Henebelle, de la policía de Lille, por lo que podría decirse que inauguran serie. En "El ángel rojo" aparece solo Sharko. 
No me ha convencido esta novela violenta en extremo, con descripciones exhaustivas de las torturas más crueles y salvajes que una mente humana en sus cabales pueda imaginar, con un personaje protagonista que se burla de todo y de todos sin motivo literario o humano que lo justifique. Ya nada más empezar la novela, califica a un comisario con el que se encuentra como "un bolo hecho carne" y una página después, hablando del mismo personaje explica: "Se limpió con un pañuelo la capa grasienta de sudor que tenía pegada a las sienes: una capa de mantequilla que rezumaba hamburguesa y patatas fritas". Más adelante describe a otro personaje: "un huerto de espinillas le manchaba la nariz y una pelusilla de pelos que haría palidecer a un pollito le cubría la barbilla. Un inhibidor de amor de tremenda eficacia"No entiendo esa falta de respeto por un hombre gordo o por una mujer fea. 
La trama no está mal y mantiene la atención del lector, el final es bastante bueno, y la novela está bien escrita, aunque haya párrafos y frases que no se sabe muy bien lo que pretenden transmitir.
En resumen, no es para abandonar la serie, pero sí para ir con mucha cautela a por el segundo. 

Y hasta aquí, la cuarta entrega de "Sin reseña". Otras cinco novelas policíacas entre las que hay de todo en lo que a calidad se refiere.



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